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Opinión

La feria de la corrupción

Es inevitable tener a veces la sensación de que en la República Dominicana el debate acerca del escandaloso tema de la corrupción, por la forma en que se conduce y los resultados que a la postre genera, tiene las características de un mero diálogo de sord

10 Aug 2009 | 0 Reacciones

Es inevitable tener a veces la sensación de que en la República Dominicana el debate acerca del escandaloso tema de la corrupción, por la forma en que se conduce y los resultados que a la postre genera, tiene las características de un mero diálogo de sordos: todo el mundo habla a raudales (fruncimientos de ceños y gesticulaciones teatrales incluidos), pero nadie escucha.    

(Es harto sabido que en las más recónditas interioridades de ciertas organizaciones políticas desde hace algún tiempo se discute sobre si el tema de la corrupción “produce o resta votos”, y en consecuencia ideólogos y estrategas de marketing político, parapetados en un pragmatismo sociológico que privilegia las sagradas apetencias de la victoria, valoran las conveniencias de situarlo o no en la palestra de cara a los eventos internos o a los comicios nacionales).

La actitud de los servidores gubernamentales respecto de la cuestión, por supuesto, siempre será la que engendrará mayores arrestos de buena o mala conciencia. Y es lógico: al gobierno le corresponde constitucional y legalmente la tarea de administrar la parte capital de los bienes del Estado. En este sentido, por derivación natural, al gobierno, operado por los políticos exaltados a las cumbres del poder, se le supone en principio comprometido no sólo con la gestión sana y eficiente de esos bienes sino con su preservación o desarrollo.      

Prevalido de esas creencias, no he podido evitar sentirme conmocionado por las increíbles declaraciones que sobre la cuestión formulara hace algunos días en Santiago de los Caballeros un alto dirigente del PLD que es, al mismo tiempo, incumbente de una importante cartera ejecutiva. Se trató, probablemente, de las opiniones más pedestres que se hayan emitido en el país en torno al tema (descontando, claro está, las consabidas del licenciado Morrobel), y es casi seguro que debieron dejar “boquiabierto”, turulato y “patidifuso” a más de un mortal en esta tierra de nuestros amores y nuestros dolores.

“Hasta ahora yo no he visto los casos de corrupción”, afirmó el político oficialista ante la pregunta de un comunicador. Y luego, conforme a la misma reseña periodística, enfatizó: “Es muy bueno hacer una bulla en los medios de comunicación y tratar de deteriorar la imagen de una persona que talvez tiene su dignidad muy alta…Se ha hablado de nepotismo en algunos casos, que podría entenderse como irregularidades en el manejo de fondos…Si de nepotismo se habla, lo existe también en el sector privado porque los empresarios emplean a sus hijos, sobrinos y demás”.

Obviamente, al margen de los problemas visuales, auditivos u olfativos que pudiese estar padeciendo el distinguido dirigente peledeísta (que al parecer no los presentaba el licenciado Miguel Coco ni los tiene ahora el doctor Euclides Gutiérrez Félix) y del simple detalle de que el sector privado no maneja fondos públicos sino los propios (por lo cual sus integrantes, si quisieran, pueden nombrar en sus empresas hasta a las queridas de sus hijos, nietos, biznietos y tataranietos), resulta conmovedora la postiza candidez de sus consideraciones.

La verdad es que el “combate” contra la corrupción desde el gobierno actual es lo que más se parece a un evento ferial: sólo se monta de tiempo en tiempo, se divide en casetas y módulos debidamente compartimentados, se surte de engañifas y baratijas de todo tipo, tiene rasgos de espectáculo social y económico, es bulliciosamente perifoneado por los cuatro costados, sus participantes se regocijan con estribillos folclóricos y, desde luego, algunos días se especializan para la presentación de vaqueros, trapecistas y payasos que le dan un inefable colorido circense.                     

La corrupción (perdóneseme el ingenuo y anacrónico recordatorio) es un fenómeno casi inherente a la naturaleza humana. Estuvo presente en los orígenes mismos de nuestra raza (sin importar que estos se asuman en la perspectiva religiosa o en la perspectiva no confesional), y creció con ella. Más aún: a pesar de su carácter material y espiritualmente desestabilizador, históricamente se hizo adulta como indeseable compañera de la búsqueda del progreso y el bienestar. De ahí que haya habido quienes hasta la confundan con estos últimos o la intenten excusar como parte de sus aprestos.   

(Todavía más: no hay una sola cultura del mundo que haya estado libre de la presencia de la corrupción y sus efectos malignos. No hay sociedad alguna que no la haya experimentado y padecido. No hay ser racional que no haya sido tentado por sus impulcras exquisiteces. Ignaros, eruditos, paganos, cristianos, musulmanes, budistas, hinduistas, gnósticos, ateos, babosos, ermitaños o librepensadores, todos, absolutamente todos los humanos la han conocido. En los hechos, hablar de la humanidad es hablar de la posibilidad de la corrupción).   

En buena medida, pues, la cercanía de la corrupción con la naturaleza humana la convierte en un fenómeno cuyo enfrentamiento es una tarea de titanes morales y, simultáneamente, la hace difícil de vencer. No obstante, la experiencia histórica indica de manera inequívoca que es posible reducirla a su mínima expresión con base en la educación doméstica y cívica, en la aplicación rigurosa de las leyes y en la vigilancia ética desde el Estado y la sociedad civil. En otras palabras, debe haber un compromiso familiar, un compromiso social y un compromiso político para encararla satisfactoriamente.

A partir de las consideraciones que preceden, empecinarse en negar la existencia de la corrupción (aquí, allá, acullá o allende los mares), como lo hace el mencionado funcionario peledeísta, luce una barrabasada a la par que un infeliz y mañoso intento de justificación. Y aún más: si nos limitamos al caso específico de la República Dominicana, ni hablar: las “sesudas” elucubraciones del funcionario indican que él es el único habitante de este país que no sabe que aquí hay corrupción. La ignorancia del hombre en lo que a ello atañe indica que él definitivamente “no es de este reino”. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!   

Por otra parte, reducir las denuncias de corrupción a las vulgares dimensiones de “una bulla” tampoco entraña una postura seria, realista e inteligente. Antes al contrario, deviene una ratificación de eso de que no existe la corrupción, que es sólo alharaca y que, por consiguiente, no constituye un verdadero problema para el país. Valga la reiteración: parece que el señor secretario tiene algún padecimiento serio en los oídos y en los ojos, y como resultaría poco elegante dedicarnos a hacerle una lista de los actos de corrupción en la presente administración gubernamental a los fines de enterarlo adecuadamente, sugiero hacer una colecta pública para pagarle las consultas de un oculista y un otorrinolaringólogo.

Desde luego, el observador no puede dejar de albergar la sospecha de que el tratamiento del tema de la corrupción de una manera tan deportiva puede ser parte de la concepción general del gobierno de turno de que “lo importante es la percepción”: el repetido funcionario, en realidad, no hizo más que coincidir con el punto de vista al tenor de su jefe, quien había afirmado sólo dos semanas atrás que las denuncias de corrupción contra su gestión gubernamental “tienen matices políticos”, pues “Lo que se busca es sacar ventajas con campañas mediáticas que se organizan, con lo cual se desacredita, se pierde la credibilidad, la confianza y eso permite al adversario acceder al poder”.

Por lo demás, los alegatos en el sentido señalado pudieran tener algo de certidumbre a la luz de la lógica de la lucha política (es cierto que los adversarios del PLD agitan ese o cualquier otro asunto para desacreditarlo o restarle credibilidad), pero terminan cayendo de bruces ante una verdad elemental: no es la oposición (es decir, el PRD) la que está en estos momentos denunciando la corrupción gubernamental sino reputados y acuciosos comunicadores (verbigracia: Alicia Ortega, Nuria Piera, Huchi Lora, etcétera) cuya independencia partidarista nadie puede cuestionar entre nosotros sin sentir urticantes remordimientos de conciencia o humedecer excesivamente las comisuras labiales.

¿No se ha entendido, por Dios? Hasta Su Eminencia Reverendísima acaba de decir que el tema lo tiene “huero”… Y como no se trata de huevos ni de cocos, no hay que extrañarse, pues, de que el gobierno del PLD, con su ya habitual desparpajo, insista en continuar la feria.

(*) El autor es abogado y profesor universitariolrdecampsr@hotmail.com